Ambiente Joven

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Una aventura moralmente reprobable

Director's Chair

Hace como poco más de dos meses, mi amiga Miriam (que es chica biológica) y yo llegamos juntos a la misma idea diabólica: Si cuando salíamos a bares y clubes en plan niño y niña siempre había un espontáneo que nos acababa invitando cuanto menos una ronda para impresionar a Miriam, ¿No sería más fácil lograr que le pagaran la cuenta entera a dos mujeres? Pues… como hipótesis era interesante…
Así pues, decidimos hacer el experimento. Eso significaba que tendría que disfrazarme de mujer y convertirme en la indómita y hermosa Melissa Del Rey… otra vez. Je, je, je… Qué coraje, ¿Verdad?

Las cosas ya no son como antes, he de confesar. Ya no salgo diario ni vivo aventuras tan extremas como las que viví entre 1999 y 2004 (las cuales cuento en mi blog www.melissadelrey.blogspot.com), pero afortunadamente este último año he estado saliendo más y he sumado unas cuantas rayas más a mis recuentos de aventuras. Mis salidas, hasta abril de este año (2007), habían sido muy normales y muy light. Que al Burger King, que al cine, que a visitar a una que otra amiga, que al supermercado. Nada de emociones fuertes, nada que amerite contarse en detalle.

Antes de ello (es decir, durante 2006) volvía a pasar por una larga veda (¡Ocho meses!) de Melissa; de nuevo, por cuestiones de trabajo y de vida de pareja. No era la primera (pero sí espero que sea de las últimas), pero fue tan desesperante como las anteriores. La vez anterior, ese año completo previo a la Marcha LGBT de 2005, me sentía yo al borde de la locura, con una angustia enorme y con ganas de aprovechar cualquier descuido, cualquier oportunidad, para convertirme en mujer. Lo sentía como una privación enorme no sólo de mi droga (como dijo creo que Christian Dior, “La sensación que causan ciertos atuendos son tan fuertes como una droga”), sino de una parte de mi personalidad. O sea, toda una porción de mi estaba obligada a hibernar y era una hibernación que no estaba funcionando. Oh, no, Melissa había estado despierta todo el tiempo y cada día estaba más hambrienta. Cada día era como estar tratando de detener la fuga del dique con un solo dedo. Acabé explotando y en eso se tradujeron las salidas casi huidas de Navidad y Año Nuevo.

Pero ahora esta propuesta era muuuy interesante. Para empezar no había ido a un bar vestida desde 2003, y -hasta donde recordaba-, nunca había ido desde que conseguí verme pasable como mujer. Miriam me convenció diciéndome que si ella era capaz de hacerlo, que yo no tendría problema. Era sólo de seguir la corriente. El estar guardada tanto tiempo ameritaba una liberación violenta y casi inverosímil. Algo loco, algo impensable. Para mí, la propuesta de Miriam era magnífica.

Miriam puso las reglas: tendría que ser a un bar “buga”, es decir, de clientela principalmente heterosexual. No funcionaría de otro modo. Lo segundo es que tendría que ser un lugar de parroquianos de nuestro rango de edad (25-35 años). En tercer lugar, tendría que ser un lugar poco iluminado, y, por último, las dos tendríamos que ir con atuendos más o menos uniformes. Es decir, nada de faldas cortas ni de vestimentas exóticas. Eso yo lo hubiera dicho por mi parte. He aprendido (por las buenas y por las malas) que, para pasar en un bar, lo más recomendable es usar sólo unos jeans y una blusa corta. En el último de los casos, opinaba Miriam, o nos ven como dos chicas biológicas o como dos niñas transexuales.

Era tanta la emoción de por fin liberarme y salir a la calle, no como travestí sino como mujer auténtica, que la noche previa apenas pude conciliar el sueño. Repasaba los detalles en mi mente, ponía miles de escenarios probables y los desechaba por fantasiosos.

Al anochecer siguiente llegaría con mi maleta a la casa de Miriam y pondría manos a la obra en mi transformación. Normalmente le pongo mucho cuidado a mi metamorfosis (sólo hay que ver mis fotos para imaginárselo), pero esta vez me esforcé como nunca. Revisé mi maquillaje más de cinco veces, revisé bien mi busto para que se viera lo más natural posible, modifiqué forma de nariz y pómulos. La madre de Miriam (quien observó mi transformación) quedó encantada con el resultado. Según ella, me veía irreconocible. Y eso esperaba, por lo menos. Por mi parte, al terminar mi arreglo y ver la imagen que me devolvía el espejo sentí un alivio que no puedo ni empezar a describir. Una paz y una calma enorme empezaron desde mi corazón e invadió todo mi cuerpo. Era como si mi aura se volviera femenina de repente, y lo que quedara ahí, de pie frente al espejo, fuera una mujer, en cuerpo y alma.

Y cuando salí a la calle sentí el aire fresco, las luces, la incipiente lluvia, como si fuera algo nuevo, como si fueran un emblema de libertad. Por fin estaba afuera, de nuevo, y esta vez, como siempre tenía que haber sido. Una seguridad y una tranquilidad enorme se apoderaron de mi. Y salí segura, risueña, y con ganas de comerme el mundo.
Desde que sentí esa seguridad y ese respeto interno tan fuerte en cada célula, me di cuenta que podría pasar como mujer con facilidad. La seguridad lo es todo. El sólo tener aplomo y valentía en tus pasos te dan la seguridad necesaria para verte como una mujer y darle esa imagen de feminidad valiente ante el mundo. Lo supe desde que salimos a la calle, pasamos a un minisuper a comprar chicles y un encendedor y nadie se nos quedó viendo raro, ni hubo comentarios burlones, ni nada. Éramos sólo dos mujeres en sus compras previas a una salida.

No era tan noche, y era sábado, por lo que en las calles había mucha gente. Familias enteras pasaron, grupos de muchachos buscando fiesta pasaron, taxistas se aproximaron. Las familias nos dedicaban sólo una mirada somera sin detenerse. Los muchachos nos dedicaban miradas apreciativas y algunas -¿por qué no?- francamente de admiración. Los taxistas nos veían o con cansancio o con esperanza, pero nunca con extrañeza.
Pasando junto a los bares algunos chicos nos invitaron a pasar con ellos, sin dudarlo y sin ponerse dudosos cuando nos veían bajo la luz. No, nadie pareció volverlo a pensar o arrepentirse de su invitación. Eso me subió (aún más) la confianza.
Y cuando decidimos entrar a un bar, y los empleados de seguridad no dudaron ni un momento en tratarme de “Señorita”, y dejarme pasar sin esperar (como se le hace a las chicas bonitas que van a pedir la entrada al cadenero), supe que esa noche, con ese detalle, ya era un éxito.

Esa noche pasé con total éxito. Desde la chica que conocimos ahí mismo y que se emocionó de conocer por fin a dos mujeres que le siguieran el paso bebiendo (Miriam es muy buena bebedora de por sí); a la chica con la que hice migas en el baño y que nos acabamos pasando teléfonos para salir a fiestear; a la chica que me presentó a sus amigos (algunos bastante guapos); a nuestros vecinos de mesa, los cuales se portaron súper atentos con “nosotras”; a, por fin, los niños con los que terminamos tomándonos unas copas y bailando.

Y, la verdad, no creo que nadie se haya dado cuenta. Siempre usé el baño de mujeres y nadie me vio mal, ni me trató mal. Lo que es más, en el baño fue donde hice nuevas amistades. Quizá fuese un poco difícil (si, es cierto que como mujer es más difícil ir al baño), pero fue una experiencia terapéutica en el sentido de que quizá biológicamente no fuera una mujer, pero social y psicológica si, y aunque quizá en el baño algunas chicas se hayan dado cuenta de mi verdadera naturaleza (aunque no lo noté), nadie me recibió mal ni con enconos. Al contrario.

Mi seguridad y mi desenvolvimiento se reflejaron en la actitud de los demás ante mí. Apareciendo fuerte y segura, la actitud de los demás era de confianza y de admiración. Y eso era pasar, y eso era lo que buscaba. Mi santo griaal. Era como siempre lo había dicho: era sólo tener la seguridad de que soy una mujer para que el mundo entero lo crea también. Si, es posible que alguien haya reparado en lo que había en la capa inferior de ropa de Melissa, pero la mayoría sólo veía o la superficie o percibían mi corazón, ardiendo femenino. ¿Para qué ponerlo en duda?

Cuando salimos de ahí y regresamos a casa seguía en fuego, apenas creyendo al éxito de mi noche. Esa noche yo era una mujer, la que siempre había querido ser. Esa noche era yo misma y el mundo estaba a mis pies.

- por Melissa Del Rey