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Minorías sexuales en el aula

Esculea NO

Juan y su amigo no podían explicarme que la señorita Particia es maestra y por eso su mujer y el uso de su sexualidad debe ser desmentido. No podían explicarme lo inexplicable. El sistema educativo acostumbra a mostrar y desmentir lo que muestra.

- Alicia Fernández, “La sexualidad atrapada de la señorita maestra”

¿Vieron “Klass”? Es una película escalofriante. De esas que lo mantienen a uno al borde del asiento, sintiendo cada vez más tensión hasta que termina el último segundo.

Este artículo empieza desde lo oscuro, y luego se eleva para dar un toque de esperanza. Es un poco como izar la bandera: se supone que al final esté alta en el cielo, con el sol brillante de fondo. Pero primero tenemos que recorrer por algunos relatos preocupantes sobre minorías sexuales y educación: de cómo las dos parecen no entenderse.

“Klass” (la pueden encontrar como “La clase” o “The class”) está basada en una historia real, y transcurre en algún colegio indeterminado de Estonia. Joosep, el chico tímido del curso, no sabe jugar al basketball, y sus compañeros se burlan de él porque no encaja en su modelo de “masculinidad”. Lo “acusan” de ser homosexual y débil. Circunstancialmente, uno de los compañeros deja de atacarlo, pero no para ayudarlo, sino para algo tan superficial como quedar bien con su novia. Esto es suficiente para que los demás le griten traidor y amanerado. Kaspar, que antes era una persona más del grupo –invisible-, se encuentra de pronto cuestionando su propio concepto del honor y de lo que significa “ser hombre”, aunque lamentablemente no conoce otras alternativas. Cabe destacar que los ataques que hacen los compañeros a Kaspar y a Joosep ocurren todos dentro de la escuela. Y cada tanto se muestran imágenes cotidianas del resto de la gente, que parece también atrapada en un mundo de peleas y desencuentros.

¿Dónde está el lugar feliz del que hablan los adultos? Es muy tentador imaginar a los chicos vestidos de blanco (en Argentina), escuchando obedientemente a los maestros. Una nota del diario La Nación revela que entre el 70 y el 40 por ciento de los alumnos encuestados a lo largo del país admitió haber sido discriminado en la escuela de manera verbal, y cerca de un 30 por ciento, de manera física. Los varones mencionaron mayoritariamente haber sido el blanco de las golpizas, lo que seguramente quiso reflejar el director de “Klass” al retratar a los compañeros de Joosep como monstruos preocupados por su masculinidad. Pero acá no hay monstruos de verdad: son chicos. Los chicos no están separados del mundo, sino que tienen compañeros, amigos y familia.

“A discriminar se aprende” era el slogan de una charla armada en Buenos Aires sobre el tema. La frase es bien cierta, y nada mejor que ejemplificar con casos de la vida real. Sucedió en Manizales, Colombia. Dos chicas lesbianas de 15 y 17 años del Colegio Leonardo Da Vinci fueron expulsadas bajo el argumento de indisciplina, pero posteriormente un juez dictaminó que se habían cometido “flagrante violación de los derechos fundamentales a la diferencia sexual, al libre desarrollo de la personalidad, y a la igualdad”. Sin embargo, el asunto no se limitó a ser una disputa judicial, sino que además se organizó una protesta en repudio por la admisión de estas compañeras, en la que participaron todas las alumnas del Da Vinci. Se me ocurren pocas imágenes tan terribles y desesperanzadoras: no sólo hay rechazo por parte de las autoridades (que -uno pensaría con demasiada indulgencia- todavía están comprendiendo el “tema nuevo” que representa para las escuelas la diversidad sexual, y por ende están muy propensos a equivocarse), sino también por parte de sus iguales, sus compañeros de todos los días. Si bien los directivos aseguraron que la protesta fue “espontánea”, ¿por qué no asumieron su responsabilidad y la impidieron? ¿Acaso no es la inacción una forma de colaborar también? El asunto es que, más allá de que la causa hubiera sido o no la indisciplina, las personas implicadas en la protesta manifestaron su rechazo a que “en la calle nos están diciendo a todas (cerca de 1.500 alumnas) que somos lesbianas”. Por otra parte, después de que el juez autorizara su regreso, los directivos pusieron como condición que las dos chicas fueran puestas en cursos diferentes... Me parece que los hechos hablan por sí solos.

Los casos como éste que vimos son demasiados, por lo que no podríamos explayarnos sobre ninguno como corresponde. Pero basta ver una cifra para comprender la gravedad del asunto: en la provincia de Catamarca, Argentina, el 70% de los docentes preguntados en una encuesta consideraron que la homosexualidad era una enfermedad. Tan sólo el 17% estimaron que se trataba de una “elección de vida”. La conclusión es inevitable: tiene que haber un cambio, y en esto creo que estaríamos todos de acuerdo. El gran interrogante surge cuando nos preguntamos quiénes deben ser los encargados de llevarlo a cabo.

Mientras la política sigue sus (laberínticos) caminos, algunos grupos de docentes ya están organizando debates sobre el género y la diversidad sexual en el aula. Emiliano Samar y Florencia Aramayo, de Buenos Aires, Argentina, iniciaron un grupo de discusión en el que se tratan cuestiones como “¿qué hacer si una chica quiere interpretar a un hombre en un acto?”, o “¿hasta qué punto los contenidos educativos no rechazan la diversidad al no hablar de ella?”. A mí esta última pregunta me parece especialmente interesante. No puedo evitar cuestionarme: ¿Por qué hacer silencio? ¿No sería menos traumático para los alumnos saber que existe alguien (sobre todo si ese alguien es una figura de autoridad) que reconoce su sexualidad alternativa? Trato de sondear mi propia experiencia de trece años entre el jardín de infantes, la primaria y la secundaria. La única referencia que escuché alguna vez en una clase fue una pregunta que hizo un compañero al profesor, queriendo saber (con bastante rechazo) si era cierto que tener relaciones homosexuales podía “causarte” SIDA. Luego de eso, nunca más. (Para más información sobre el grupo de debate pueden visitar este vínculo: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-403-2008-10-31.html).

Si las personas que están a nuestro cargo no nos enseñan que se puede ser diferente, y que, OK, eso no tiene nada de malo (así, con esa naturalidad), ¿cómo esperan que nosotros, que vivimos copiando a los adultos, desarrollemos nuestras propias conclusiones (buenas)? No voy a justificar a todos los adolescentes. Pero quisiera contar dos experiencias personales. Cuando entré al colegio secundario, tenía un compañero afeminado en el curso llamado Daniel, pero en ese entonces para mí que fuera o no fuera gay no significaba nada. Fue un amigo el que me dijo me dijo: “¿No te molesta que quiera ser una mujer?” (Sic). La pregunta me chocó. Sin embargo, yo seguía siendo el único amigo varón de Daniel mientras que todos los demás lo hacían de lado. En algún momento, comenzaron los comentarios maliciosos y empezaron las burlas. Es algo de lo que todavía me arrepiento: comencé a alejarme. La presión de los compañeros me resultaba difícil de soportar. Él quedó solo con las mujeres, y yo estaba viviendo mi propia homofobia internalizada como para darme cuenta que lo que rechazaba no era a él, sino a mí. Cuando tuve la oportunidad de volver a acercarme, ya estábamos en colegios diferentes.

El tiempo me enseñó de mis errores, pero la siguiente situación fue un poco diferente. Un día llegó una compañera nueva que me pareció muy carismática y desenvuelta. Comenzamos a hablar. Por detrás, mis compañeros, que querían convencerme de que yo no era gay y que lo mejor era que buscara una novia, por poco no me empujaron para que saliéramos juntos. Con el correr de los días, sin embargo, vi que yo no era la única persona con la que hablaba bien, sino que se llevaba de maravillas con todos... salvo con las mujeres. Las chicas del curso la detestaban, y mencionar su nombre les parecía casi un insulto. Un día vi que una joven en moto pasaba a buscar a la compañera nueva por la escuela, y las dos se daban un beso de novias. Lo único que atiné a hacer fue tratar de incluirla en mi grupo de hombres, y ella aceptó con entusiasmo. No podíamos luchar contra la homofobia de las chicas.

Pero, ¿sirvió de algo? ¿Se pueden cambiar las cosas? Estoy convencido que sí. No es el trabajo de una sola persona indignada, sino que se necesita el cambio de toda la sociedad. ¿Demasiado ambicioso? Quizás baste pensar que casi todos nos formamos en un colegio. Si una persona prejuiciosa nos puede enseñar a discriminar, ¿cómo no puede todo un sistema escolar educarnos en el amor y la comprensión? En Argentina todavía esperamos la sanción de una ley de educación sexual que incluya la diversidad. Pero lo hacemos con esperanza.

A la vez, cada uno puede aportar su granito de arena desde los rincones más inesperados. Al principio del artículo advertí sobre empezar desde lo oscuro para luego izar una nueva bandera. Y es una gran suerte que no todos los adolescentes sean los chicos violentos de “Klass” ni las alumnas con temor a ser “tachadas” de lesbianas. La adolescencia está transitando por una etapa de (nueva) efervescencia, y la aparición de “tribus” urbanas que reivindican la liberación sexual es una muestra muy interesante. Los medios trataron el tema de floggers y emos con mirada sensacionalista, publicando artículos bastante superficiales titulados “cómo reconocer si su hijo es flogger” y cosas similares. El asunto es que muchos adolescentes, más allá de las etiquetas que le pueda poner la prensa, están empezando a explorar sus propias dudas y a preguntarse “¿por qué no?”. Este “¿por qué no?” es una actitud constructiva: no es ni el rechazo de la diversidad ni el afán de crear escándalos. Es cierto que los diarios son afectos a publicar sólo los relatos más escabrosos, pero, ¿cómo evitar sentirse reconfortado cuando hace diez años hablar del tema era imposible? Hay quienes dicen que no es el triunfo de la bisexualidad, sino una nueva forma de confusión. Pero si con esto vamos a crear un ambiente más pacífico y diverso, donde ningún varón sea salvajemente golpeado por no jugar al basketball y ninguna mujer deba soportar el rechazo colectivo de todo un curso, bienvenida sea la confusión.

La bandera ya está un poco más alta en el cielo.

- Por Benjamin