Ambiente Joven

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El valor de una palabra

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Las palabras tienen el poder de destruir y sanar. Cuando las palabras son buenas y sinceras, tienen el poder de cambiar el mundo.

-Buda

Frases, palabras, letras, sonidos... vivimos rodeados de ellos. La comunicación es algo increíble: somos seres tan especiales que hasta somos capaces de expresar las cosas más íntimas y privadas (el amor, el temor, la soledad, la amistad) con estos sonidos que llamamos lenguaje. Me imagino a dos personas hablando y ya hay lenguaje a su alrededor: las vocales y las consonantes forman ondas alrededor de los labios y los oídos, las voces construyen puentes entre mentes, el mundo entero se puede construir con ladrillos de idioma...

Se estarán preguntando qué tiene que ver todo esto con las minorías sexuales. Prendemos la televisión en cualquier canal y nos podemos cruzar con noticias escalofriantes sobre los movimientos de los derechos civiles. En EEUU hablan de una “guerra cultural”, y doy fe de que hay mucho más que sólo sonidos en esa batalla. De hecho, seguro que se escuchan más gritos que otra cosa. El caso de la Proposition 8, que fue aprobada finalmente en el Estado de California, mostró el tamaño de los “combatientes”: conservadores y religiosos ortodoxos por un lado, mostrando carteles con oraciones hirientes (“Dios odia a los homosexuales”, “Defendamos la familia”), y las grandes caravanas del arco iris por el otro, peleando por preservar los mismos derechos para todos y todas.

Es verdad... Su lucha parece muy alejada de nuestra vida cotidiana, ¿no es así? Vistas por la televisión, las minorías sexuales militantes me recuerdan a héroes y heroínas, personas más que humanas que ponen el cuerpo y el alma por un ideal. Son realmente admirables. Sin embargo, éste es sólo un lado del asunto, y si damos vuelta la página, nos encontramos con la realidad de nuestros propios países. No es ninguna novedad que la homofobia y el odio se pasean con la cabeza en alto a lo largo de los países latinos.

Hasta hace poco, el tema de las palabras no tenía demasiada importancia para mí. Escuché insultos terriblemente homofóbicos sin mover un pelo; me preocupé bastante poco por definir a la gente como homo, hétero o bi; me daba igual si a las travestis las llamábamos “los” o “las”; jamás me pregunté con qué artículo (“el”, “la”) llamar a una persona intersexual.
Es así. Las palabras son algo tan natural, tan invisible (me tienta poner superfluo), que nunca les prestamos atención. Son las doce del mediodía en Buenos Aires, y estoy sentado alrededor de una mesa con un grupo de varones –algunos saben que soy gay, pero la mayoría no. La charla es cotidiana, y, ¿qué puede ser más cotidiano en Argentina que hablar de fútbol? Nos reímos y charlamos sobre la vida privada de los jugadores. El famoso “Kun” Agüero, el exitoso deportista argentino, está a punto de ser papá, y como su suegro es nada menos que Maradona, comento con una sonrisa: “Con un papá y un abuelo futbolistas, ¿se imaginan si el hijo sale... no sé, filósofo existencialista?”. Nos reímos, y uno de los chicos agrega: “O peor aún: ¿se imaginan si sale puto?”. Ahora no hay tantas risas, y algunos de mis amigos me miran. El que hizo el chiste se ríe con tantas ganas que no se da cuenta, y todo queda ahí. Pero los días pasan y voy dándome cuenta de la situación... sólo que me callo. “Frases, frases, ¿quién soy yo para cambiarles la mentalidad?”, me repito cuando me acuerdo. Hasta que un día, un amigo utiliza también la palabra “puto” como un insulto denigrante, y al instante me pide perdón. Entonces reacciono.

El mundo está hecho de frases, como dije más arriba. Y los ojos con los que vemos ese mundo no pueden ver si no es a través del lenguaje. Frases hirientes abundan en todos lados: “¡Qué esperabas, si es un puto!”, escuchamos demasiadas veces cuando un varón demuestra debilidad o es sensible. No nos damos cuenta (a menos que reaccionemos) que estamos rompiendo apenas una partecita del mundo completo; pero para la persona que insultamos, en realidad estamos despedazando el lugar que ocupa en ese momento; aún más, estamos dañando su forma de pensar. Los ejemplos no faltan: “Todos los homosexuales son promiscuos”, “Todas las lesbianas son unas resentidas”, “Los bisexuales son gays encubiertos”, “Los transexuales están enfermos de la cabeza”. No hace falta que siga, ¿no? Sería bueno que no sólo nosotras, las minorías sexuales, fuéramos las encargadas de indicar qué está bien y que está mal. Necesitamos explicar y encarar. Las frases cargan en su viaje por el aire un equipaje muy pesado: llevan encima los prejuicios, llevan encima el estigma, y sí, son también el vehículo ideal para el odio.

Pero el lenguaje es una dimensión muy grande, y podemos hilar todavía más fino. Pensemos no en frases, sino en palabras. Las palabras pueden destruir o pueden sanar, como dice la reflexión de Buda, pero también pueden causar confusión, que en principio no es algo ni bueno ni malo. Si bien a algun@s de nosotr@s nos da lo mismo hablar de “gays” que de “homosexuales”, por ejemplo, existen diferencias entre los términos. En algunos países, la palabra “homosexual” tiene una carga despectiva porque a veces suena como un término científico y casi “psiquiátrico”; en otros lugares, decir “gay” es demasiado “extranjerizante”. Los problemas no terminan aquí. Por ejemplo, ya no se dice “homosexualismo” porque la terminación “-ismo” sugiere una palabra médica o un movimiento adoctrinador, y los medios se inclinan más por “homosexualidad”. ¿Será entonces que algún día dejaremos de hablar de “lesbianismo” o “travestismo” cuando hablamos de identidad? ¿Estamos ante la puerta de la “lesbianidad” y la “travestidad”? No lo puedo asegurar, pero no estaría mal replantearse una y otra vez la manera en que hablamos.

Pero la verdadera pregunta podría ser, ¿necesitamos tantas etiquetas? ¿Cuándo una persona es bisexual, cuando prefiere a los dos sexos de manera matemáticamente idéntica? ¿Por qué en algunos pueblos tradicionales, los hombres casados que tienen relaciones ocasionales con otros hombres siguen siendo para todos “heterosexuales”? ¿Si una lesbiana se enamora de una transexual femenina, se trata de una pareja homosexual o heterosexual? Hay un refrán que dice que somos esclavos de nuestras palabras, y en bastantes ocasiones me parece algo muy cierto. La manía de etiquetarse continuamente (no hace falta más que abrir un perfil de un buscador de citas, por ejemplo, para ver cómo la “fiebre” por autoclasificarse llega a todos los rincones: ¡desde la orientación sexual y las creencias filosóficas, hasta a veces inclusive el “porcentaje de homosexualidad”!). Me parece excesivo. Algún día leí que un médico prevé que en un futuro cercano tod@s vamos a ser bisexuales, porque cree que la heterosexualidad no es más que una construcción cultural. En Argentina hablamos de la “Marcha del Orgullo Gay”, cuando en realidad no son sólo gays quienes participan. De hecho, no sólo las minorías sexuales están, sino que una gran porción de la sociedad en su conjunto (afortunadamente, cada año es mayor) celebra la igualdad y la no discriminación. Estoy seguro de que en los años venideros vamos a preferir utilizar “diversidad sexual”, porque ¿qué es un heterosexual sino una de las tantas maravillosas variables que puede adquirir la sexualidad entre nosotr@s? Quizás para entonces, estemos librados de tantas etiquetas confusas.

Nuestro recorrido por el lenguaje prosigue, y ahora podemos “bajar” al nivel de las letras. Las mínimas porciones que forman el diálogo. Nuevamente, recuerdo sin mucho orgullo una situación en la que consideraba que una letra no tenía importancia: en una nota del diario, diversos columnistas opinaban sobre si a una persona travesti debía llamarse “el travesti” o “la travesti”. Me dije en un principio: “¿Y qué importancia puede tener?”. Sin embargo, dio la casualidad que vi un video por Internet de una entrevista entre un periodista y la activista Marlene Wayar. El periodista hablaba a toda velocidad (como lo exige el tiempo de la televisión) y de pronto dijo “los travestis”. Ni lenta ni perezosa, Marlene corrigió. Y tiene razón: si una persona se presenta a sí misma en femenino, ¿qué motivos tenemos para decidir nosotr@s qué género le “corresponde”? La expresión de género es un aspecto básico, constitutivo de nuestra personalidad. El activismo esforzado y contundente de la comunidad travesti en Argentina es una prueba de que es posible derribar los viejos conceptos de género, y la forma en que se comunican es una muestra más de que están en sintonía con una sociedad más justa e igualitaria.

Finalmente, cabe decir que el español es un idioma bello y sumamente expresivo, que defiendo a muerte. Pero también es horriblemente machista. ¿O acaso nadie pensó que, si en un grupo hay cien mujeres y un varón (por ejemplo) y sólo es gramaticalmente correcto hablar en masculino, hay algo que falla? ¿Por qué la palabra “hombre” abarca a los dos sexos (“El hombre es un animal social”) pero “mujer” a uno solo? Además de ser predominantemente homofóbicas, las naciones latinoamericanas son la cuna del machismo. Me parece que no es casualidad.

Vimos a través de estos ejemplos que no podemos ser neutrales en cuanto a las palabras, porque ellas hablan no sólo de nuestros sentimientos, sino también, a veces, de nuestra postura respecto de la lucha en los derechos civiles. Hay muchas cosas que podemos hacer para construir un ambiente más inclusivo y justo:

  • No participes de bromas de contenido homofóbico o discriminador en general. Señala el error. Es preferible que te miren raro una vez antes que seguir permitiendo que se rebaje o se burle a otras personas.

  • No generalices. No presupongas que una persona con una orientación sexual diferente a la tuya es o debe ser de tal o cual forma. Tod@s somos diferentes. Pero tod@s merecemos el mismo respeto.

  • Respeta la identidad de género de l@s demás. No es difícil de entender que a un hombre trans lo debes tratar en masculino, así como a una travesti la debes tratar en femenino. Pero no te limites a recordarlo sólo cuando tengas a la persona en frente, sino también en tus conversaciones sin ella presente.

  • No juzgues la etiqueta que las personas usen de sí mismas. Es exasperante escuchar comentarios del tipo “La bisexualidad no existe, esa chica está reprimiéndose”. Mucha gente comete más daño del que parece haciendo esas observaciones.

  • Habla de forma inclusiva: no es necesario que emplees fórmulas que nadie conoce. Con que te dirijas a un grupo de personas sin dejar de lado con tus comentarios a personas de sexualidad diversa, estarás dando un paso importante.

Sobre todo, hay que mantenerse receptiv@s y atent@s a los cambios. El lenguaje se divierte construyendo y deconstruyendo nuestro mundo cada día que pasa, y las expresiones de hoy pueden no ser las apropiadas en el mañana. Abre tu mente. Y nunca olvides que el idioma tiene un peso fundamental, y las palabras bien pueden valer mucho más que mil imágenes.

- Por Benjamin