Ambiente Joven

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No siempre es una rosa: mercado y estereotipos

una rosa

Una rosa se esconde bajo el asfalto de la autopista.

- “A través del torrente”, tema del grupo musical Persone

Bienvenidos a Buenos Aires, la “capital gay de Latinoamérica”: el lugar donde el arco iris parece convivir con rincones descoloridos, la ciudad donde todo puede pasar. Si la miramos desde adentro, da la sensación de que las minorías sexuales son felices en todas partes, ya que consiguieron muchos derechos y visibilidad en la última década. Pero no hace falta alejarse mucho para darse cuenta que no siempre es así.

El 31 de octubre del 2008, desde Morón (a dos horas de viaje, entre tren y colectivo, desde los barrios más exclusivos de Capital), el grupo Jóvenes por la Diversidad declaraba: “Repudiamos el individualismo, el elitismo, el centralismo de muchas organizaciones de Capital, así como el culto al consumo y la discriminación por clase social. No compartimos el concepto de ‘orgullo’, que reproduce la autoexclusión y el sectarismo”. Algunas noches antes, a pocos metros del famoso Obelisco de Buenos Aires, un grupo de 200 empresarios se reunía en una “exclusiva” y “exitosa” reunión con un objetivo claro: “Promover Buenos Aires como destino ‘gay-friendly’”.

Si nos remontamos a 2002, más exactamente al 13 de diciembre, nos encontraremos aun entonces con un panorama increíble: se aprobaba la unión civil para parejas del mismo sexo por primera vez en Latinoamérica. ¡Qué al alcance parecía todo entonces! Marcelo Suntheim, que contrajo enlace con César Ciglutti, lo explicó así, emocionado: “Una vez que el Estado nos reconoce, nos legitima, facilita mucho que los gays y las lesbianas salgamos del clóset con nuestras familias, con nuestros amigos, con nuestras comunidades y vivir sin miedo, vivir libres. Se trata de una barrera enorme que hemos cruzado en América Latina.” (http://www.enkidumagazine.com/articles/2003/290703/ENKIDU_001_290702.htm).

La ciudad continuó creciendo y afianzando su renombre como la capital más abierta de este rincón del mundo. Las revistas para nuestro colectivo dispararon sus ventas, los bares dedicados a los gays hicieron furor, los movimientos por la defensa de los derechos civiles levantaron la cabeza en alto. Yo mismo fui un pasajero de esa ola. Llegué a la ciudad en 2006 y estaba fascinado. Después de vivir en una pequeña ciudad donde mi más mínimo gesto (homosexual) era registrado por decenas de ojos curiosos, de pronto estaba sumergido en una marea imparable de libertad. Sin embargo, mi camino fue desigual. En febrero logré ver “Secreto en la montaña” (la famosa película de los “vaqueros gays”); en agosto, estaba fuera del placard; en noviembre, le daba un beso a mi novio en un colectivo. Pero, al mismo tiempo, sabía que había “ciertos” espacios que me oprimían. Mientras yo vivía mi supuesta liberación, un amigo dejaba de hablarme porque “no estaba de acuerdo” con mis preferencias sexuales; un grupo de chicos nos arrojaba violentamente una pelota a mi novio y a mí, apenas a una cuadra de distancia del boliche gay más famoso. Pero, ¿qué me importaba? El deslumbramiento de los tres primeros incidentes (la película, la salida del placard, el beso en el colectivo) eclipsaba todo lo demás. Por supuesto, este eclipse fue compartido. ¿Cómo evitar emocionarse si de pronto muchas parejas de hombres y mujeres podían darse un beso en algún restaurante, como lo haría cualquier pareja heterosexual? Recuerdo que una vez estuve quince minutos afuera de un bar con mi novio, mientras él me pedía, nervioso, que le preguntara al cajero si el lugar era gay-friendly. Después de medio minuto de duda, éste dijo: “Eh... sí. Acá vienen personas de ‘todos’ los sexos”. Más allá de lo anecdótico de preguntarse en cuántos sexos estaría pensando el buen hombre, mi conclusión era que la ciudad iba en camino a convertirse en un refugio inclusivo para todos.

Sin embargo, hoy las cosas me parecen distintas. Me toma dos horas viajar (entre tren y colectivo) hasta la sede de Jóvenes por la Diversidad, en la localidad bonaerense de Morón. El tema del día es el cine y cómo las películas comerciales nos presentan frente al gran público. Ariel, uno de los chicos que participa del debate, opina: “El tema es generacional. Tuvimos películas durante los ‘80s y ‘90s que nos mostraron el lado trágico, donde el homosexual estaba sufriendo todo el tiempo, su familia lo rechazaba y todos sus amigos morían de sida. Luego empezaron a aparecer las nuevas películas, donde los protagonistas son todos gays, tienen mucha plata y lo más importante que tienen para pensar es el sexo”. El estereotipo de gay “moderno” es bien conocido: escucha música tecno, saca a pasear un perro caniche, es superficial y compra como si fuera lo último que puede hacer en su vida.

Muchos sentimos (en mi caso, tardíamente) que nuestra supuesta libertad se estaba pareciendo bastante a un gueto. De pronto, ser gay implicaba comprar ciertas marcas, comportarse de una forma en particular, ser “moderno”. ¿A dónde había quedado la libertad de ser uno mismo, si ahora debíamos adaptarnos a un estereotipo que los otros gays “modernos” (y los empresarios del mercado rosa) consideraran aceptable? Sonaba lógico que tuviéramos un boliche gay o una guía turística gay, pero, ¿era realmente necesario que apareciera “vodka gay”? ¿Es que acaso el vodka normal nos salpica a la cara cuando tratamos de tomarlo? Fue un golpe duro darnos cuenta que, de pronto, los pantalones también tenían orientación sexual. Y más de uno habrá temido sufrir un accidente por haber comprado un auto de marca “homofóbica”. Al mismo tiempo, resultaba desconcertante que viéramos la inauguración de un hotel de altísima calidad para nuestra comunidad, mientras a no mucha distancia del lugar se podían encontrar todos los días historias de discriminación laboral y malos tratos. Está claro por qué el mundo gay pasó de ser una parcela dudosa de la sociedad a objeto de entrevistas y primeras planas en los ámbitos empresariales: como reflejó (a mi entender de una manera un tanto cínica) algún manual de marketing, “se habla del pink market (mercado rosa) o de DINK's, sigla de la expresión inglesa double income, no kids (doble ingreso, sin hijos)”. Con semejante mina de oro entre manos, partidos o personas que antes no parecían particularmente entusiasmados por los derechos civiles de pronto se habían convertido en sus abanderados más fotografiados.

Por fortuna, surgieron voces que se alzaron contra la visión que privilegia lo más “glamoroso”. Darío Arias, uno de los coordinadores de Jóvenes por la Diversidad, comentó la situación el primer día que asistí a una de sus reuniones. En sus primeros tiempos, muchas organizaciones brindaron orientación a directivos y empresarios para que incluyeran socialmente a sus empleados LGBT, y festejaron con ellos el deseo (quizás sincero) de crear ambientes más tolerantes. Sin embargo, al lado de estos nobles intentos se comenzó a reducir el rango de acción de sus políticas, y muchos gays y lesbianas se sintieron cada vez menos contenidos. El Conurbano de Buenos Aires, un impresionante mosaico de localidades que alberga a casi un tercio de la población del país, fue uno de los puntos en que las minorías sexuales se organizaron con independencia de los organismos centrales. Además, realizaron campañas de concientización en las que destacaron la imagen del gay de los sectores populares, de la lesbiana hija de metalúrgicos. Como miembro del grupo desde hace dos meses, pude comprobar que se trataba de una verdadera inclusión, donde chicos y chicas (homosexuales en su mayoría, pero también heterosexuales) contaron abiertamente su historia, trataron de luchar (cada uno con lo suyo) por construir una imagen más fiel a la realidad social diversa de las minorías sexuales.

A pesar de sus esfuerzos por introducir lo gay en la vida cotidiana, las empresas consiguieron también empezar a fijar “maneras correctas” de ser, clichés y expresiones que distinguieron al que estaba “a la moda” del que no. Recuerdo la historia de un amigo que, al contar en su escuela que era bisexual, recibió la visita de muchas chicas que esperaron encontrar en él alguien con quien hablar de tendencias y ropa cool, a pesar de que él no había demostrado en el pasado demasiado interés por esos temas. Sin embargo, el tema es más espinoso que esta simpática confusión. La escritora travesti Naty Menstrual brinda su punto de vista al diario SentidoG: “Yo no presento a ningún amigo como ‘el heterosexual’ ni defino a la gente por su orientación, por eso me parece ridícula toda la cuestión de lo gay friendly. Es algo anticuado disfrazado de nuevo. Vamos a ser realmente avanzados cuando no necesitemos rotular las cosas y cuando cada uno pueda ir adonde quiera con quien quiera sin rendir cuentas. Ni lo gay ni lo travesti está realmente asimilado, lo que hay son versiones aceptables, simpáticas, listas para los medios que los usan para decir ‘¿ven qué abiertos que somos?’” (http://www.sentidog.com.ar/article.php?id_news=22632). Es notable que el tema travesti, por el que los medios nacionales parecen haber desarrollado una fijación casi obsesiva, siga siendo el que menos integrado está. Hace pocas semanas se comentó con horror cómo un grupo de “vecinos autoconvocados” del barrio capitalino de Villa Luro había impreso un panfleto que llamaba a hacer la guerra contra “esos hombres disfrazados de mujer”. El tono era exaltado, increíble: se proponía hostigarlos de todas las formas posibles, hasta con armas. Esto sucede en la “capital gay de Latinoamérica”.

Aunque es injusto achacar todos estos males a las empresas (pues no lo merecen ni mucho menos), es notable que quienes lanzan discursos de aceptación sean a veces tan sesgados. En su afán por promocionar a los gays se borran sectores enteros de los focos de las cámaras. Basta tomar cualquier guía que se anuncie como LGBT: ¿cuántas publicidades dedicadas a las mujeres pudieron encontrar? En la que tengo entre manos, ninguna. Las que no mencionan la palabra “hombre” de todas formas están invadidas por musculosos hombres semidesnudos en cruceros de lujo. Para compensar, algunos medios encontraron el elegante recurso de anunciar en las últimas páginas un cuadrito denominado “Lesbian Venue” (parece que para ser sofisticado hay que decirlo todo en idioma extranjero, por supuesto). Las lesbianas todavía no recibieron su gran salto a la cultura popular, todavía no son una imagen fácil de asimilar por parte de una sociedad que, hoy por hoy, ve hombres gays en todas partes.

El tema analizado nos presenta varias facetas. Por un lado, ¿podemos negarnos a la atracción de los lugares abiertos, de la ciudad tolerante y de los avances concretos en legislación y derechos? Por el otro, ¿cómo se puede asegurar que el proceso sea igual en todos los puntos geográficos y sociales? Como siempre, la última palabra la tienen los lectores.